CINCO POEMAS, POR MARINA CÓRDOBA.

por El Cocodrilo

Goteo 

estoy enamorada de un hombre que se muere
un hombre que está
muriendo a mi lado 
mi jubilosa y longeva cama de bordes plateados

yo hice lo posible y él
que me da placer por la lengua
muere del goteo 
seco de saliva y un poco
la boca comida
comer lento y brioso
él no me besa cada vez es
mi juventud le sabe a poco
le sabe a nuevo a terso
a empaquetado lustroso

se deja morir en tanto
veo que hay honor en ese inútil trabajo
dejarse ir chupado
por la promesa de la arena blanca 
por un sol por
el plástico extasiado
la escenografía de playa

niña aún la piel

tensa la boca hinchada
tirándome un beso aéreo
entre las manos rosadas
frente fruncida un capricho de tu seno
músculo estirado siempre extenso

colorada curva de marquesina 
tu uva siempre inmadura
levantás en el auricular apagado la voz
tu voz
contra el teléfono un trueno opaco

me estoy enamorando de vos y vos
te empezás a morir 
tus labios están pálidos
sin sangre que pulsa tus labios blancos

desde el día primero ya me habías abandonado
vos 
que hacés hilar el velo
hinchado de la noche sobre 
esta parte del mundo este lugar 
quieto e inmundo 
vos hacés bailar
el bacilo encendido sobre la sal 
andás contra las cornisas
en cada balcón de la ciudad
pululás sin pies aparecés
te me asomás
miro a todos lados
con tu cara muerta y flácida asomás
la sombra de la mecha
encendida en mi cabello
el único pelo colorado entre todos los pelos negros

me enamoro siempre en el momento menos conveniente
hoy me enamoro porque te estás yendo
porque me detengo en la puerta en ocasiones
no la cierro

te estás enamorando de mí
que te hubiera amado tanto
en mis tiernos tersos años
te enamorás de mí que me deshago además
ya estoy cansado
y entonces nena
entonces qué 
entonces no lo sé 
yo
recién
empezando hablo pero
sueño primero repito
palabras para ganarle al tiempo

hablo sola a través de tu cuerpo
sola en la madrugada y solo
tu cuerpo es el doblez
el pensamiento
sobre tu cuerpo
la caída morosa
del mullido puente del cuerpo
tu lengua bífida sobre mí
sobre mi blanca muerte goteo
mata la muerte mi amor viejo y yo
que abro la puerta
no me voy

Huída 

Desprendete de mí 
blanco inútil cada vez me ves y
hurgando mis senos para encontrar
algo triste que hunde la herejía: nunca
la tuya siempre la mía – la cosa triste que se hunde
claraboyas conmigo quizá
a pesar de mí en el mar
de mi negra luna sorbe 
la saliva del susurro en los oídos
la órbita que excede en torno frío (muy temprano en mi vida ya era
demasiado tarde te digo): hoy la pena del ojo abierto casi abierto y las flechas
incrustadas en la costra de tu corazón despierto 
cuál corazón – rugiendo
que no tenés el corazón puesto ¿no es cierto?: bueno, sí yo
que destilo sobre la nieve el mío su sangre lívida y caliente
no la visión de ese ojo seco
detrás de la retina un vidriecito
tramado de relieve desprendido: el verde ojo
pulsa en el blanco y contra blanco
la carne lechosa de reojo
el blanco extracto del verde ojo 

Día de cama

ese hundir en la cama
las dos cuencas perforadas
toda cerda desandada y
yugular mentada hebra
el rubio cabello rendido
cae muerto en la cabecera

ese hundir los dedos
en el vaso de agua — la corriente
envolviendo 
de óxido llovido
frazada — esa eterna
náutica y transpirada
sábana

sobre el agua blanca más
agua
remoción susurrada la
espuma pálida
no ya un acaricie
de vela blanda – sueño febril: un día de cama
la sulfurada
catrera
viste de paños la estrella

jirones son dejos que cuelgan
voces y metros
turquíes de tela


retuerce sin más esas fauces abiertas
lamiéndose los dientes
la sonrisa perversa
y sin embargo canto una oda asimétrica
una oda breve a la cama dispersa
un canto a estar horizontal
a los llamados que punzan
de madrugada en general

el blanco cuero te busca
y vos que lo llamás
necesitás la compañía
sierpe sola de yerbal

Viniste 

Naciendo, negrita
de mi vena place tuya
opaca y triste hora
a penas a tientas desnuda

grullas, remos, veleros
rugen en mi palma al otro día
naciendo
todo siempre es de ellos
qué fallutos insinceros: — tus calizas hunden 
en doble corchea los dedos
yo insolente sostengo
tu pelo negro en
sueño ligero y los ojos
abiertos izan 
madejas al cielo de tu trenza

croa el lirio blando y no
tu canto que al vibrar es tábano
bajo el sol la más caliente
alhaja refulge blanco

el bailarín extiende las manos 
gozado tanto en luz y desarmado


el corazón es una joya hirviente 
que no se deja hablar más
que a través de las fiebres

Más claro que el agua 

una vez te volví a ver y estaba
en un micro como ahora pero era de noche y lloraba y tu boca
bola apretada de rojo y negro dientes blanqueados
vi tu cuerpo
la violencia exhalada irse del cuerpo
y luego en los bordes de las cortinas
de cada asiento veía insectos

siempre estuvimos tan cerca vos y yo ahora que lo pienso

la tarotista decía que el rojo era mi ira y 
decía yo que no era mía
que ese rojo eras vos
que eras mi amiga y de última esa era tu roja ira
y el negro el cancerbero de la ida
nadie nunca me iba a entender
esas palabras solo vos
podrías ver ese manojo escupido de color
verme los ojos y decir: mal, amiga, soy

todavía la noche es una 
línea monótona sin tu muerte
dura como un bloque en el fresco
en mi masa ajada el pecho
tus ojos rasgaduras 
hundidas en un bollo de harina 

todo para pintarme tu fresco surrealista, querida,
es que estas cosas no suceden todos los días
tu vida yéndose
trenzándose en la mía 
el rojo y el negro saliendo
de tu voz metiéndose
en el cuerpo de tu voz
tragándonos la mía
la grave profunda travestida

y tu risa sulfurada aguja
en el vientre siempre mordía 

la muerte chiquita asomada
los dientes de la camilla

***

Marina Córdoba es estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires (Provincia de Buenos Aires, 2001). Editora, profesora, lectora. Publicó poemas en antologías y revistas digitales. Actualmente, está preparando la publicación de su primer poemario, al cuidado de Halley Ediciones.

marzo 2026 | Revista El Cocodrilo

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