ENTREVISTA A SELVA ALMADA

Escribir. La suerte de las que sobrevivimos

Por Carla D. Benisz

Lo primero que leí de Selva Almada fue Ladrilleros (su segunda novela) y la sensación que me generó su lectura fue la de una bocanada de aire fresco y (en lo personal) una reconciliación con la literatura argentina contemporánea, que, en general, se refería a universos que no me interesaban: alter egos noventosos cuyas peripecias iban del consumo de drogas duras a la lectura de teoría literaria (no, esta droga, tan dura) en ambientes de cierta clase social alguna vez de vanguardia y ahora decadente y (claro que sí) provinciana en su ombliguismo por más capitalina que se represente. Intenté reflejar parte de esa sensación que me dejó Ladrilleros y luego su primera novela, El viento que arrasa, en un artículo de una revista fantasmal de número único. Me remonto a esa lectura primera y muy personal como gesto de honestidad intelectual, para aclarar desde qué lugar encaro esta pretendida entrevista. Pues lo que leerá a continuación, hypocrite lecteur, no es tanto una entrevista sino un diálogo con quien es, para mí, una referencia generacional. Los dejo con ella.

Ya has recorrido un camino. Escribiste poesía en un primer momento, pero sos más bien narradora,  después continuaste con el género de no-ficción y actualmente escribís mucha crónica. En resumen, ¿hacés una interpretación sobre tu propia obra? ¿La pensás como un proyecto o simplemente se ha dado así y te gusta experimentar con distintos géneros?

Me cuesta mucho pensar en la obra, reflexionar sobre mi propia obra. Sí me doy cuenta de que me interesa la narrativa más allá de los géneros. Tuve un paso muy fugaz por la poesía que me pareció que no funcionó. Para escribir poesía, hay que tener otros tiempos y otra hondura que yo sentía que no tenían mis textos, los pocos que escribí de poesía. De repente, en la narrativa, no es que me sienta más cómoda, ya que a mí lo que me interesa es escribir desde la incomodidad, pero sí podía llegar a resultados que me resultaban más satisfactorios. Empecé escribiendo narrativa. Es bastante habitual que una escritora empiece escribiendo poesía, pero en mi caso fue al revés. Empecé escribiendo cuentos y lo de la poesía fue muchos años después, fue un ensayo. Era la época de la poesía de los 90 y yo había leído a algunos poetas porteños. A fines de los 90, me viene a vivir a Buenos Aires y era el auge de los ciclos de poesía. Yo iba bastante ahí, y pensé “qué onda si escribo poesía”. Pero fueron unos ensayos, más allá de que publiqué un libro y fue lo primero que publiqué. Creo que fue una poesía muy menor, sentí que no era el ámbito en que yo pudiera hacer algo novedoso o algo diferente. En cambio, la narrativa siempre se me presenta como la posibilidad de hacer algo nuevo, no en el panorama general de la literatura, pero nuevo para mí. Ahí también aparecen la crónica y la no-ficción. Cuando empecé a pensar en Chicas muertas, el primer libro de no-ficción que escribí, ahí sí podemos hablar de un proyecto. Porque lo pensaba vinculado al resto de lo que había escrito, a los relatos de ficción, aunque cambiara el registro, aunque implicara una investigación que suponía hablar de personas reales que además yo no había conocido. Si bien yo había ya publicado un libro vinculado a lo autobiográfico, éste tenía que ver con un universo que había conocido, escenas de mi propia vida. Acá era contado escenas de la vida de personas que no había conocido y que estaban muertas, por lo que no había posibilidad de vincularse. Pero sí me interesaba que eso se comunicara con la obra la literaria a través de la utilización de recursos de la literatura más que de los autores de no-ficción que yo había leído, relacionados con la crónica latinoamericana de la escuela de García Márquez, que en general son periodistas, vienen del periodismo, no de la literatura. Ése sí fue un proyecto: que haya vinculación entre este texto de no-ficción y los de ficción.

De hecho, la historia de Andrea Danne sería la primera que a vos te llegó.

A esa historia había tenido un acercamiento a través de la escritura cuando publiqué el libro de cuentos Una chica de provincia, que eran relatos autobiográficos. Ahí aparecía una primera versión del femicidio de Andrea con cosas que yo me acordaba y que después, cuando hice la investigación, eran, en realidad, cosas que se decían y tenían muy poco que ver con el caso. Pero ya había habido una intención de hacer una crónica que, en ese momento tenía un interés para mí vinculado al género policial más que a lo social. Como pasó después con Chicas muertas, cuyo eje fue puesto en otro lado, no en el caso policial, sino en la violencia de género y el femicidio como expresión máxima de ella; es decir, como una cuestión cultural más que policial. Pero sí aparece el caso Danne en un primer momento y vinculado a lo autobiográfico. En ese sentido, me parece que la crónica y el relato autobiográfico se conectan.

Hay en ambos un sujeto fuerte que toma la palabra. En ese sentido, ¿te generó algún peso Chicas muertas? Porque coincidió con el estallido de “Ni una menos” y quizás genera la expectativa de que todo el tiempo estés renovando Chicas muertas y tenés que posicionarte al respecto. ¿Te genera una carga extra o, al contrario, lo vivís como un posicionamiento que es parte de ese proyecto?

Estuve muchos años hasta publicar el libro, entre la investigación y el tiempo que me llevó encontrarle el tono. Porque una vez que lo encontré, al libro lo escribí bastante rápido. Pero entre que empecé a pensar el proyecto, lo presenté al Fondo Nacional de las Artes y se publicó, pasaron cuatro años. En esos cuatro años, cambió absolutamente el panorama. Incluso un año después de salir el libro, que salió en 2014, fue el primer “Ni una menos”. Fue un giro de 180 grados sobre el asunto. Obviamente el libro no se me ocurrió simplemente, sino que venía acompañado de un contexto en el que el tema estaba cada vez más presente y yo tenía un interés particular sobre él desde hacía varios años. Eso abonó el interés de escribir un libro que no se refiriera a casos muy actuales, sino con los que me pudiese vincular desde mi propio registro de vida en relación con ese tema. Esta cuestión de que de haber estado vivas, esas tres mujeres tendrían la misma edad que yo tengo y de que fuimos adolescentes, de pueblos chicos de provincia. Compartíamos un imaginario sin habernos conocido.

De hecho, respecto de esa vinculación con lo autobiográfico, está presente en el libro esa idea de que la que narra la historia es una sobreviviente. De que esto pudo haber pasado a cualquiera pero la que está acá contando…

… tuvo la suerte de seguir viva. Obviamente, había una intención de decir algo sobre un tema que me venía interpelando. No soy ingenua. Pero no pensaba que tan rápidamente el contexto acompañaría la publicación del libro y de que yo iba a tener que ponerle el cuerpo y encarnar eso que había escrito de una manera que no me había pasado con los libros anteriores. Más allá de que los/as autores/as siempre decimos que hay que acompañar el libro. Pero éste en particular me empujó a poner el cuerpo de una manera más literal. Y eso sigue rodando. Hace cuatro años que el libro salió y me siguen preguntando sobre él en las entrevistas. Todavía me llaman a mesas para hablar sobre violencia de género. El libro se sigue leyendo. Raramente alguien me llame para hacerme una nota sobre las novelas, pero con Chicas muertas sí. Eso por momentos resulta una carga. Sobre todo cuando la gente supone que por haber escrito un libro, podés hablar siempre sobre el tema sin importar el caso. Como que te ponen en un lugar de panelista muy incómodo y del que siempre trato de correrme. Un par de años después de que salió el libro, cuando fue el caso de Lola Chomnalez pero aún no se sabía nada, me llamaron de un diario para seguirlo y para que escriba todos los días…

Así te van a llamar cada 18 hs.

Claro. Me tendrían que llamar cada 18 hs. Pero ése fue el primer registro que tuve de la necesidad de tener muy en claro que no puedo estar opinando sobre estas cosas todo el tiempo porque hay una responsabilidad y temas que no se pueden tomar a la ligera. Ésa fue la primera señal de alarma de que me iban a llamar muchas veces para esto y de que no estoy preparada. No es que por escribir un libro sobre el tema, puedo estar preparada para hablar de violencia de género en cualquier parte.

Pasa eso también cuando se hace del feminismo un objeto de consumo. Entonces determinadas mujeres referentes en determinadas áreas se convierten en esas panelistas que vos decías. Pero sí pasa, yendo a otro tema, que estamos en un contexto de la literatura latinoamericana actual en el que hay muy buenas escritoras. En ese contexto, vos tal vez quedaste pegada al tema de la violencia de género y Gabriela Cabezón Cámara al tema de la trata. Hay una “generación” de escritoras a nivel latinoamericano que coincide con una avanzada de las luchas de género en la región y al mismo tiempo, aunque no sea una búsqueda a priori, ustedes no pueden no acompañar ese movimiento.

Así como el libro no surgió ingenuamente y venía viendo que estaba cada vez más presente en la agenda, tampoco soy tan ingenua de decir que me sorprende que vinculen mis libros con la temática. En una charla en Venado Tuerto, en una mesa que por supuesto se llamaba “Feminismo y literatura”, alguien del público me hacía una pregunta similar. Es cierto que a partir de Chicas muertas y mis intervenciones públicas, es difícil que un libro mío se pueda leer separado de ese marco. Cuando publiqué El viento que arrasa y yo todavía no tenía esta vinculación con el feminismo, un periodista me dijo que las mujeres estaban muy borradas en la novela y que las dejaba mal paradas en el papel de madre que abandona. Esas son preguntas que hoy no podrían hacer porque ya quedé marcada a fuego y la lectura va a ir siempre para ese lado, aunque escriba un libro pretendidamente misógino (risas).

O sea que la lectura cambió retrospectivamente.

Estoy segura de que hoy ese periodista no me haría esa pregunta.

Yo quería hablar de eso también. A mí lo que me había maravillado de Ladrilleros fue, no una perspectiva de género, pero sí un mirada que era muy perspicaz para ver ciertas cuestiones de género. Por ejemplo, la construcción de las mujeres que son fuertes y al mismo tiempo reproductoras del patriarcado, también la relación homosexual con el erotismo masculino muy bien representado por una escritora mujer. Los machismos están representados de una forma compleja, no como una bajada de línea feminista, sino dentro del universo que los permite. Hay una mirada oblicua para construir estos personajes.

Es algo que a mí siempre me llamó la atención, ni siquiera pensándolo en una clave feminista bien profunda. Son personajes bien representativos del interior y de ciertos estratos sociales, donde ves a la mina superpoderosa, que es una amazona y que podría sola con todo, pero reproduce el machismo en la educación de los hijos y trata de mantenerle la hombría al marido; minas que son muy fuertes pero si el marido grita, se quedan calladas. Siempre me pareció muy contradictorio y me llamaba la atención de antes. Es típico de cierta clase de mujeres que se valen por sí mismas pero necesitan la reafirmación de tener un tipo al lado aunque sea un tarado al que tienen que mantener y que les pide cuentas.

Igual ahí hay un ojo bien entrenado. En algún momento dijiste que lo que te interesaba es cierta fijación en el detalle y a partir de ahí pensar la historia, no empezar desde el marco. Por otro lado, otra cosa que está presente es la trastienda de los relatos orales, en Chicas muertas el relato del femicidio de Andrea Danne y a Ladrilleros también la precede una suerte de leyenda.

El origen de la novela es una anécdota que me habían contado de una pelea en un parque de diversiones. Lo que me había interesado es la escena puntual de los tipos moribundos, como una experiencia ralentizada entre que te das cuenta de que ocurrió una tragedia mientras sigue la música y sigue rodando la vuelta al mundo. Esos detalles me interesan. Y, no sé si sonará de mala feminista, pero me interesa mucho el mundo de los varones a la hora de escribir. Me interesaba el amor homosexual pero también el amor entre varones de una manera más amplia, entre padre e hijo, entre hermanos varones, entre amigos, un amor que es homoerótico todo el tiempo, que explota en todas las relaciones entre varones. Y creo que es así en la vida en general. Es lo que ahora quiero retomar en una novela que empecé hace un montón.

También me pareció un hallazgo la reconstrucción de la violencia a través de una especie de ritual de pecheo, en una temporalidad circular que se repite y eso también es muy erótico. Esto también está en El viento que arrasa la relación entre el gringo y el niño, relaciones afectivas dentro de relaciones con sesgos machistas. Una escritora que representa un mundo masculino lleno de matices, en su momento, me pareció un hallazgo. En cuanto a estos personajes varones, la construcción de la figura del padre en El viento… que es bastante patológica y autoritaria, ¿la pensaste como algo vinculado a la religión?

Sí, era algo vinculado a la religión. El personaje era un pastor desde el principio. Pero sí era un personaje mucho más plano, que con las reescrituras, que llevaron un par de años, se volvió mucho más complejo. La idea que tenía era con Leni como protagonista y el pastor era secundario y más caricaturesco, como un cliché, timador y versero. Después el personaje de él fue llenándose de capas y se transformó en un personaje más interesante. También el peso de la religión en el relato fue tornándose más denso. Al principio fue la excusa para ganarse el pan y luego se convirtió en algo que era como la misión de él en su vida y en el texto empezó a tallar de otra manera que me sorprendió bastante porque no soy una persona religiosa y terminé escribiendo una novela que de cierto modo es sobre la fe.

¿Reescribiste mucho a la novela?

Reescribí mucho el arranque porque había pensado que iba a ser un cuento. Pero llegaba a un punto en que no podía avanzar y volvía par atrás. En esas primeras escenas es que fui y vine muchas veces hasta que me di cuenta de que quizás era una novela. Ahí el personaje de él empezó a crecer. Una vez que dije que sería un relato más largo, la escribí hacia adelante y cuando la llevé a la editorial, la trabajamos con el editor. Ahí hice una reescritura, saqué algunas partes y reescribí otras. No fue un trabajo de reescritura muy intenso pero sí debí volver sobre el texto un año después de haberlo terminado.

Cuando decidiste que iba a ser una novela, le diste para adelante.

No tan para adelante porque tampoco es muy larga. Sí hice algo que Laiseca decía que había que hacer y yo nunca hacía porque me daba pereza: plantear un esquema, una estructura. También la idea de escribir algunos sermones me sirvió para organizar: cuántos, en qué parte del texto va a ir cada uno, de qué va a hablar cada sermón.

¿Cómo escribiste los sermones? ¿Buscaste textos? ¿Armaste un vocabulario?

Tenía algunos números de la revista La Atalaya que siempre me dejan las Testigos de Jehová. Después otras cosas de un pastor coreano que me dieron en la calle. Todo era folletería. Porque nunca leí la Biblia y en un momento lo pensé, pero me dio una pereza terrible. Entonces sacaba de ahí los versículos y cosas que podían funcionar como disparadores para el relato y el tono. También saqué cosas de películas y de la literatura, sobre todo autores norteamericanos. Flannery O’Connor tiene algunos cuentos con pastores.

Esas porquerías que uno por lo general tira, fueron a producir semejante novela.

Ahora siempre se las recibo. Me pasó algo muy gracioso. En julio fui a un festival en Brasil y después firmaba libros con otra autora y se acercó una chica con un regalo, me agradeció por la charla, me dijo que se necesitaba mujeres como nosotras y me dejó una canastita que adentro tenía unas revistas La Atalaya porque era de esta iglesia. Obviamente estaba aprovechando el festival porque había mucha gente para evangelizar.

En esto que decías de cómo lo que iba a ser cuento derivó en novela, ¿en narrativa breve, existe esa presión del final, mientras que en la novela no? Te lo pregunto porque en tus cuentos hay una continuidad, como escenas que podés ir hilvanando, como con algunos narradores norteamericanos. ¿Lo pensás así?

Me pasa que no soy muy ingeniosa con los finales y tiendo a escribir relatos que de repente terminan pero podrían seguir. No me identifico con el cuento en el sentido clásico, como los Quiroga que tienen esos cierres definitivos, sino como algo más deshilachado. Casi como si fueran escenas. Con el tiempo me gustó esa forma y me gusta cuando encuentro autores cuyos relatos terminan silenciosamente. En un principio fue pensar cómo algo que es una falencia o una falta de recursos puede funcionar como una herramienta o una característica.

El cuento que cierra es más tradicional, tiene algo de la oralidad y de la anécdota, que tiene que terminar de modo tal que llame la atención. Algo que en la escritura tal vez no sea tan necesario.

A mí como lectora, al contrario, cuando los cuentos terminan muy prolijos, me alejan. Prefiero lo más espontáneo. En cuanto a la novela, yo pensé que nunca iba a escribir novelas sino que iba a escribir cuentos. De hecho, con El viento… no lo supe hasta darme la nariz contra la puerta varias veces cada vez que quería avanzar y cerrar un relato que no cerraba nunca. Con Ladrilleros siempre supe que sería novela y con lo que estoy escribiendo ahora también. No sé si llegará a ser una novela porque cada día me cuesta más. Pero tampoco lo veo como un cuento. Si no pudiera seguirlo, lo tiraría y quedaría ahí. Aunque no sepa toda la historia, siento que tiene el pulso de una novela.

¿El viento… lo escribiste con el taller de Laiseca? ¿Te ayudó el contexto de taller?

Sí, yo soy hija del taller literario. De hecho creo que me cuesta más escribir desde que se terminó el taller de Laiseca. Funciono muy bien con las entregas. El hecho de todas las semanas tener el compromiso de llevar material, me obligaba; quizás en toda la semana no escribía nada pero ese día me ponía un par de horas y escribía algunas páginas. Aunque después las tirara, era el ejercicio de la escritura. Todo lo que escribí, excepto Chicas muertas, que empecé con Laiseca pero no llegué a leerlo todo con él. Lo escribí más sola pero muy conectada con la editora. Pero Ladrilleros y los cuentos también los escribí en el taller.

¿Con las crónicas te funciona esto de la entrega? Las crónicas de Perfil, algunas son hermosas…

Sí. Algunas están bien. Sí, me funciona como un ejercicio. Cada 15 días sale una y me funciona también la cantidad de caracteres. Las crónicas tienen un cierto estilo por la cantidad de caracteres. Sé que no me tiene que llevar más de una hora. Es un ejercicio (mal pago) que no me puede consumir mucho tiempo pero que me gusta porque me da ese entrenamiento.

Respecto de las crónicas del rodaje de Zama, también son como escenas y se nota ese ojo de águila que de un detalle construye relato. ¿En el rodaje de Zama fuiste más libre o tenías un formato al que adaptarte?

Era súper libre. Era ir y hacer el libro que quisiera. Había tomado apuntes, hice varias entrevistas. Cuando la desgrabé y las volví a leer, eran un montón de páginas de las que tenía tal vez un párrafo interesante. Me parecía que tenía un montón de material, pero de cada cosa sacaba una pequeña escena. El rodaje ya había terminado y empecé a pensar en textos breves, instantáneas, impresiones, sin ceñirme al set de filmación. Sobre todo porque fue un rodaje muy particular, en lugares con paisajes particulares, personas que trabajaban que no eran actores. Que fue lo que me interesó desde el primer momento. Me parecía interesante ver cómo se cruzaban esos dos mundos que son muy diferentes, el del cine con el de las comunidades que viven de la peor manera. Cuando fui, claramente lo que más me interesó fue ver qué pasaba con los qom, los pilagá actuando en la película.

En el contexto de la literatura argentina, ¿cómo te ubicás? ¿Como una narradora argentina? ¿No te interesa esa categoría ni vincularte a ninguna tradición de la literatura argentina?

La vinculación que me interesa es con esos escritores que trabajaron estos universos: Daniel Moyano, Sara Gallardo, Conti, Quiroga, Zelarrayán, Ema Barrandeguy, Juan L., autores provincianos que laburaron universos de provincia con los que me siento emparentada. Conti y Moyano han sido lectores de literatura norteamericana seguramente. Me siento parte de esta tradición y me gusta ser parte de una tradición, porque tampoco me creo tan sui generis ni tan original y sí me siento una narradora argentina.

Muchos de los narradores que mencionás quedaron un poco en la retaguardia de la literatura argentina. Antes, tal vez, se leían más. Por ejemplo, Moyano se perdió en un momento.

Sí, ahora lo están reeditando. Lo que llamamos literatura argentina en las últimas décadas es la literatura porteña.

Hay una construcción de la literatura argentina que metió a estos narradores en determinada categoría de modo que quedaron los porteños por un lado y los otros, por otro.

Sí, basándose más en la procedencia que en la escritura en sí. Probablemente, los críticos digan de mí no que soy una escritora argentina, sino una escritora provinciana. Igual me chupa un huevo.

¿Y en cuanto a las narradoras? Mencionaste a Sara Gallardo como referencia.

Sí. No hace muchos años que la conocí pero la siento como una referencia. Y también a compañeras de mi misma generación, con las que no escribo sobre los mismos universos pero me siento parte: Gabriela Cabezón y Alejandra Zina. También Mariana Enríquez, Samanta Schweblin, Vera Giaconi. Tal vez nos une más el hecho de ser visibles que nuestros estilos o búsquedas. Nos une que somos mujeres, narradoras y somos visibles, traducidas, publicadas, etc. Para mí el mundo de la narrativa es híper machista.

¿Por qué?

Tampoco conozco mucho el mundo de la poesía. Pero basta ver el canon y los programas de estudio. Me crié leyendo narrativa escrita por varones. Si no hay ninguna mujer en el horizonte, eso te da la pauta de que el recorte es machista porque no es que no había narradoras. De hecho, ahora con esta reivindicación de la obra de Sara Gallardo, se visibilizan otras escritoras como Beatriz Guido o Martha Lynch; más allá de las discrepancias ideológicas que podríamos tener, eran escritoras muy buenas. ¿Qué pasó con esas escritoras que en su momento tenían visibilidad y eran leídas, que después se las sepultó durante décadas? Ahora a Sara Gallardo la estamos leyendo y la están reeditando. Pero no se lee mucho a Beatriz Guido y de Marta Lynch parece que lo único que se recuerda es que fue la amante de Massera. Habías otras escritoras, como María Esther de Miguel, que no me genera mucha curiosidad pero era una escritora que circulaba. Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, en los ciclos y en las revistas literarias, claramente había una presencia mayor de varones de mi edad que de mujeres. Estos últimos años hubo un salto y la avanzada la tomamos las mujeres. No creo que sea por el contexto solamente, no creo que sea un gesto de corrección política, sino que de verdad creo que, más allá de que algunas me gusten más que otras, estas narradoras toman riesgos y hacen algo más interesante que lo que están haciendo los varones. No es por una cuestión de sororidad que lo digo.

Se puede justificar desde una perspectiva histórica: una voz que estuvo silenciada tanto tiempo, cuando emerge…

… tiene más para decir. El tener privilegios siempre trae el riego de perderlos. Mientras que el no tenerlos puede permitir una libertad mayor a la hora de escribir. De última no tenés que responderle a nadie porque nadie te da pelota.

Si pensamos la generación del boom, que en su mayoría eran escritores varones pero que se construyeron con la mujer que le cuidaba los hijos o algunos de ellos con relaciones machistas, escribió cada uno su gran novela latinoamericana…

… porque tuvieron las condiciones.

Dentro de este universo que describiste como machista, ¿sentís que tenés que seguir pagando derecho de piso?

Ya no me importa. Creo que sigue puesto el ojo, cada vez que una mujer saca una novela y le va bien, sigue existiendo esa mirada desde arriba. Hoy ya no me interesa pero cuando salió la primera novela me afectaba mucho.

¿Tuviste lecturas que te afectaron?

Sí, tuve. No les voy a dar el gusto de nombrarlos. Hoy ya no. Puedo leer una crítica negativa pero sin que eso me afecte negativamente. Lo que me afectaba eran críticas con mala leche, desde lugares mal intencionadas. Ahora ya no.

 

(actualización noviembre 2018)