Todo lo que antes era luz, de Fernando Canzani, es un poemario para disfrutar y leer varias veces. Dato no menor: esta obra resultó ganadora en la Convocatoria Editorial 2023 Poesía, del sello rosarino Baltasara Editora. Pienso en la palabra luz y me resuena el génesis. Y creo que sí, que Fernando construye desde la palabra un génesis: porque paternar también es dar luz y dar a luz, no solo en el sentido simbólico de iluminar, sino en el estricto sentido de parir el amor indecible.
Ya en la forma de titular los poemas, Fernando se da el lujo de instalar una poética que va al hueso del asunto. Hay en el título del poema que abre el poemario (Por si no logro ser un buen padre), una guía de lectura con la economía necesaria para deslumbrar. En esa primera construcción sintáctica sumamente original aparece: un condicional que habilita la duda (no hay certezas; la poética se construye desde la búsqueda), una adjetivación con carga moral “un buen padre” (la búsqueda del presente recala en zonas muy veladas del pasado y apunta al futuro) y el título de la paternidad (con las propias expectativas puestas en debate interno). El tiempo está jugado como continuidad, condicionamiento y ruptura. Además, habilita el cambio de percepción de los hechos. Esa sola construcción sintáctica alcanza para poner la cosa en tensión. Como lectora, no puedo escapar a la infinidad de preguntas habilitantes antes de caer rendida en el poema sublime merecedor de semejante título. El título me provoca. Me pregunto: qué es ser un buen padre, indirectamente qué es ser una buena madre, quién lo determina, cuáles son los parámetros que nos sacuden desde antes de ejercer maternidades y paternidades, desde qué lugar se dice. Y ahí está el secreto de Fernando: el tono. El yo poético ejerce toda su magia: “desde que era chico /subrayo frases que me parecen geniales/ guardo anotaciones/ para que mi hijo del futuro las encuentre”. Inmediatamente después, aparece la culpa: “un museo de la culpa que fui construyendo cuidadosamente / por si no logro ser un buen padre”. El adverbio “cuidadosamente” (en una poética que no se jacta de usar demasiada adjetivación ni adverbios) es una señal de alarma para el lector: ese adverbio no es casual. Habla de lo que se elabora “cuidadosamente”, como el poema mismo, abordado con la distancia necesaria para entrar y salir de lo biográfico, un cuidado poético que se da el permiso de delinear el perfil de la figura del abuelo con apenas un par de rasgos, y rematar con el verso final “brillaba como si fuera de oro”. Oro, brillo, luz… De ahí, me eyecto a un verso de Las pastillas del Abuelo “Al sol y al corazón seguro hay la misma distancia”. La genealogía va y viene como en bucles, con sus imperfecciones amorosas. ¿Y cómo no adorarlo entonces? Digo, al abuelo, al padre, al hijo del futuro, al hijo en la incubadora, al hijo que fue él mismo en el pasado, al yo poético y al escritor Fernando… El poeta y maestro Osvaldo Bossi lo dice mejor en la contratapa hermosa del poemario: “el poeta va descubriendo una genealogía de padres que son hijos que son padres; pero también su propia imagen reflejada sobre un espejo tembloroso”.
Qué hombre quiero que conozcas es un poema cortito y al pie. Alerta de spoiler: el cierre responde directamente a la interrogación del título. En el medio, sin caer en ninguna justificación intelectual ni con pretensiones filosóficas, está el planteo como si se naturalizara lo obvio, para cerrar de manera contundente: “tengo que pensar en todo esto/ antes de ser cruel con mis padres”.
Cito, de manera arbitraria, otros títulos que incluso así, solos, podrían constituir un corpus de micropoemas. Todos, envidiables: Las cosas maravillosas suceden, Qué hombre quiero que conozcas, Compro plantas, Hago una limpieza superficial, Juan me dice que ninguno de nosotros está bien, Agradezco haber podido dormir junto a mi padre, El pibe del subte baila bien, Antes no pensabas en esto, Lavo tomates, Miro mapas en internet, Cuando el río crece mi tarea es dar aviso, y tantos otros. En la mayor parte de los títulos del poemario hay sujeto y predicación. Predicar es decir una acción. Solo eso ya los convierte en escenográficos.
Los títulos hermosos se sostienen en una misma clave de lectura, en la coherencia de una voz poética para nada estridente (incluso de ratos con la fragilidad en cueros, a lo Carver). Fernando Canzani es un gran hacedor de máscaras desde las cuales sostiene el juego poético “sin embargo a los extraños/ puedo contarles lo que siento”. Y sí, aquí como lectora le podría contestar con uno de sus versos: Gracias, Fernando por este convite y hacerlo con tus palabras que “tienen ojos y plumas”. Perfectamente consciente del pacto poético, a veces se desdobla y maneja los matices en un arco que va desde un pájaro alado hasta algo que “chillo, como la silla rota del rincón”, pero en la voz hay una ternura y una necesidad de generar luz que son constantes. En Te espero, animal solitario, me quedo pensando en qué animal hermoso (y ¿vulnerable? ¿sensible?) es la poesía de Fernando.
Sigo con mis arbitrariedades sin orden. Amé el poema Ver tu cara. Todos los miedos de ser padre están contenidos en el mismo miedo.: “no hagas que esto sea todo”. Claramente, es una súplica vital de la que es imposible desprenderse a lo largo del tiempo. Los hijos nos hacen miedosos y vulnerables para siempre. A continuación, el legado: “Cualquier rama… está hecha para vos” Un juego de enumeraciones perfectamente articuladas desde lo simple para garantizarle al hijo lo más complejo que es el amor. Si uno pudiera garantizarles eso…, solo eso. Pero lo más maravilloso es desde qué zona se ilumina una vida. El yo poético se asume de antemano como un padre fallido. Esa imperfección, esa incerteza del futuro, ese no saber, son justamente gemas de sabiduría. Hay algo de mirada inocente, otra vez y siempre, la necesidad de recuperar la luz.
Y entre tantos aciertos, aparecen las voces ahí, tangibles, audibles “ ¡mirá! La ropa ya le queda chica, decimos”. En todo el poemario se refuerza la idea de lo simple.”si por milagro/el teléfono volviera a sonar/ respondería ¡Tomates! A quien quiera que sea.” Esa simpleza rescata lo complejo del vínculo en Lavo tomates. Es genial, que en torno a la palabra tomates gire toda la idea milagrosa de que el teléfono suene para retener la vida.
Cosas al tuntún que celebro como lectora : todas las ironías ( por ejemplo en Poeta malo), todo lo escenográfico (por ejemplo la escena del nene que roba un clavel rojo y se convierte en “el guardián protector de la vida” en el poema Los empleados del cementerio, o el encuentro con el huemul en El museo), lo doloroso tamizado por la belleza (por ejemplo La bestia junto a nosotros) el juego con la máscara (Conozco un truco antiguo) El yo poético pide “las astillas de algunas palabras”, va “comiendo del poema”. Está ahí el dolor y el pasado. Siempre están ahí, subterráneos. La poesía no puede escapar de ese destino, pero sí puede celebrarlo, iluminarlo, dar luz.
Me quedo con esos versos que, a lo Palito Ortega, dicen Yo tengo fe, canción icónica, que se convirtió en un himno de la cultura popular argentina en los setenta. Aquí Fernando Canzani escribe su propio himno, un manifiesto vital: “tengo fe/ las cosas maravillosas suceden”. Parafraseando a Fernando, agregaría, las cosas maravillosas suceden como este libro del que yo salgo emocionada cada vez, y vuelvo a leer feliz.
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María Andrea González nació en CABA en 1972. Actualmente vive en Bahía Blanca. Es autora de poemarios “Pienso en lo lindo que me quedaba el rímel en las pestañas” (HD ediciones, 2021) y “Maniobras de amarre” (1er Premio en Concurso El puerto edita, 2023). Obtuvo 1er Premio en Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares 2024, con su poemario “De entrecasa”, en proceso de edición. Fue publicada en las revistas “Jauja”, “Alborismos”, “Pantomima”, “Write like a girl”, “Ligeia”, “Montaje”, “Rev. Tríptico” , ‘Flor de Ave”, y forma parte de las antologías “Emma” (ed. Camalote, 2024), “Fe” (Ed. Camalote, 2024), “Diana” (ed. Camalote, 2025), “Tu lugar en la Argentina” (Qeja ed, 2021), “Entre raíces” (RyC editora, 2022), “La vejez es cuento” (Nuvia ediciones, 2020), “Finisterre” (Ed. en Danza, 2021), “Cuánto dura un temporal” (HD ediciones, 2024) entre otras. Ha obtenido mención con su ensayo “Adolescentes contra las cuerdas” en la convocatoria “Poesía y educación” (2024) y un 2do premio con su serie de poemas “Temporada de Floración” en la convocatoria “Hacia una educación poética” (2025), ambas pertenecientes al proyecto “Alegranza” de Claudio Simiz.
