LAS OBSESIONES COMO TEMA Y LENGUAJE

Por Federico Ferroggiaro

La noche se presta para pegarle a un viejo
Daniel Basilio
Casagrande
2015
104 páginas

La noche se presta para pegarle a un viejo, de Daniel Basilio, junto al par de nouvelles que conforman El sol, de Virginia Ducler, marcan el reingreso a la escena editorial de Nicolás Manzi con su nuevo sello Casagrande ediciones. La decisión y la apuesta no dejan de ser llamativas porque la editorial hace su debut con una escritora que lleva décadas en el oficio, pero que no cuenta con muchas publicaciones, y con un escritor joven que, si bien ha tenido apariciones en la escena literaria local, a través de revistas como En Voz Alta y textos en sitios digitales de escritura, con este volumen ha publicado su primer libro.

Cuatro cuentos de extensiones diferentes sostienen a La noche se presta… En una lectura del conjunto, es decir, pensando que subyace una propuesta de unidad que articulan los relatos al reunirse, es posible afirmar que ésta se produce a partir de los personajes que son, en todos los casos, entidades que se definen y actúan guiados por los imperativos de sus obsesiones. Más o menos descabelladas, más o menos absurdas, esas ideas fijas crecen, se desarrollan, se expanden, impulsando la narración mientras exploran sus posibilidades de realización, a veces hasta sus límites o más allá. Los narradores, que están en tercera persona, salvo en el cuento que repite el título del libro, mantienen una cuidadosa distancia sobre aquello que narran, provocando un ligero efecto obturador de la sorpresa o de la desconfianza del lector, como si eso que está sucediendo por el lenguaje fuera perfectamente aceptable, verosímil, “real”.

De esta manera, en “Pulsión parquimetral”, texto breve que cierra el libro, en un ambiente de ciencia ficción o de una sociedad distópica, a la manera de Orwell, el Sr. Eustaquio, que es declarado “curado” por la autoridad competente, Mitchan, es devuelto a las calles, a pesar de que conserva intacta la fijación que lo llevó a destruir a hachazos un parquímetro. Otra vez en libertad, Eustaquio intenta contenerse, no arremeter contra “esas tecnologías [que] se alimentaban de sueños y estacionamientos en una relación circular y diabólica donde la única salida, siempre parcial, era depositar monedas en la abertura” (p. 100) pero no lo logra y acaba emprendiendo un salvaje coito con un parquímetro. El lector ya verá con qué consecuencias.

El otro relato de menor extensión, segundo en el orden y que opera como bisagra entre los dos más extensos, se denomina “Sintonía lumbar” e introduce a Pupa, un aparente intelectual que ha alcanzado el extremo del sedentarismo y que pasa el tiempo frente al televisor. Es alguien “extremadamente analítico, exageradamente ácido, e igualmente improductivo” (p. 47) que se concentra en los detalles: imágenes y sonidos, y vuelve a ver infinitas veces la misma escena de una película como si buscara en ellas una esencia o una clave. Ni siquiera la presencia de su esposa, la sensual Viko, puede arrancarlo de ese letargo porque “el cine, las series, los documentales […] eran ahora casi el único medio de contacto con la realidad” (p. 46). Esa actitud “vital” lo lleva a ser absorbido por la pantalla, o se metamorfosea con ella, en una seguidilla de extravagantes sucesos.

Por su parte, el primero de los cuentos largos, y que abre el libro compartiendo con él el título, se construye a través de un narrador en primera persona que acompaña, con diversas estrategias, la compulsión de Santi a golpear a personas de la tercera edad. Pero, en este caso, distanciándose del Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, la violencia supone un bien para las víctimas ya que la agresión los arranca de la somnolencia de la vejez y los pone alertas, los vigoriza. Esta premisa se confirma con la aparición y la lucha que se produce contra Odonkor, “un rinoceronte amistoso y líder del entretenimiento” (p. 24) para ancianos, quien pretende reproducir y profundizar esa sujeción por la estupidez y la inacción a la que son sometidos los viejos.

El otro cuento largo, “El hombrecito de mazapán”, tercero en el orden del libro, plantea el amor trascendental de la pintora y empleada de una panadería, Ernestina, por Marco. Éste se desenvuelve en un in crecendo de la sorpresa que va desde el descubrimiento inicial: que Marco es un hombrecito de mazapán, y la supuesta influencia que ejerce en el crecimiento artístico de ella, hasta la escalada de inconveniencias que este personaje puede concretar por su amado. Luego, con una vuelta narrativa, la acción se traslada a la exposición de las pinturas de Ernestina en la cual, entre personas de verdad y figuras de arcilla que los duplican, se produce un encuentro que la obliga a elegir entre la posible fama y el dinero o la concreción de ese amor.

Leo lo escrito hasta acá y, a riesgo de ser redundante, agrego: el tema son los estados mentales (alterados) que configuran miradas originales del mundo, con la tutela de un narrador capaz de enunciar, de traducir las obsesiones de los personajes a una lengua comprensible. De ahí que la contratapa advierta o nos sugiera una lectura en clave metafórica. La jugada de Daniel Basilio, en este sentido, corre por la selva de la invención de argumentos que estallan en resoluciones disparatadas o humorísticas. Pero no a la gastada manera del realismo delirante, sino dentro de la lógica que plantea el relato.

En “El hombrecito de mazapán” nos encontramos con esta afirmación: “Nadie podía decirle qué era real o no; después de todo, la realidad era una especie de consenso de la mayoría, que sobredeterminada también lo que cada uno debía sentir” (p. 79). Es la síntesis más acertada, porque las obsesiones de los personajes son las que desbaratan la realidad y se proyectan en situaciones que se balancean entre la desmesura y lo inesperado.