NADIE ES TAN FUERTE, POR ROCÍO HERNÁNDEZ

Nadie es tan fuerte
Pablo Colacrai
Modesto Rimba
2017

Nadie es tan fuerte como para detener el impulso de leerlas de un tirón. Microhistorias de a dos o tres, dialogadas, íntimas, mínimas, cotidianas y elocuentes en aquello que callan, que sugieren, que adivina y sospecha el lector en un gesto que emula el de los personajes, que pretenden escrutarse, repasarse, medirse, adivinarse. Las matemáticas se ponen flacas y uno no sabe sin son once o veintidós relatos porque en cada uno de ellos hay un plus acechando e impregnando la atmósfera de vida de esas figuras tan humanas. El lenguaje se ahueca, el diálogo camina sigilosa y simultáneamente sobre la angustia y la esperanza, lo claro se tensiona, deviene oscuro, y en la oscuridad del hueco se anida una ilusión o una esperanza. Así sucede en las dos historias que, respectivamente, trazan el arco que va desde el momento inaugural al final del libro. En la primera, Anidar, la embarazada que espera, desespera porque su hijo, Mateo, no se mueve desde la mañana. El riesgo es inminente y todo está a punto de estallar: crece el clima incinerante del verano, crece el peso de la bolsa que sostiene el marido y hasta las tetas de ella parecen agrandarse más y más. La conversación entre la pareja bordea aquella funesta posibilidad y ante ella, la esperanza es demasiado chica, tanto como un alivio fugaz. En el nido hogareño, en la espera, se anida una palabra potente y transformadora, se gesta una esperanza. En el último relato, una voz en tercera persona nos presenta a Peralta que “Si bien ahora (…) acelera, esperanzado y más tranquilo, hace apenas unos minutos estuvo a punto de rendirse”. Busca Peralta El mejor regalo del mundo para ofrecerle en ocasión de su cumpleaños a su pequeña hija; busca expiar sus culpas y busca, en un pueblo solitario que esconde un vendedor sin pose, las palabras-clave que podrían abrir la puerta de un hogar unido y feliz que ya no existe. La composición es extraordinaria y hay que celebrarla: epicentro de discursos, en Peralta, gravitan y se conjugan las palabras presentes del vendedor y las futuras que diría su ex mujer, según logra predecir basándose en la idea que de ella logró hacerse en el pasado. Sólo en la disolución de la identidad, la conquista está asegurada. Por otro parte, una adolescente transforma radicalmente el carácter de la espera en La nave de Rick Hunter: de la espera del juguete al beso en espera, el niño se hace hombre y ahora sólo espera el beso que, sin más, deja al juguete en espera. Todas las noches son pardas cuenta, rítmicamente, que Simón, el gato, ha desaparecido. Una madre al borde del colapso lo aguarda y conserva la esperanza de que vuelva; de lo contrario, ¿qué revelaría el hueco, la ausencia del gato? La espera, el paso del tiempo, el tiempo perdido son clave en Algo es algo. Allí, la cena de pareja tiene lo repetitivo del ritual pero no su carácter sagrado; allí la rutina hace del rito un simulacro, una apariencia, un como si.  ¿Habrá algo que no pueda preverse? Todo es contado por ella que ya anticipa la conversación que tendrá con Mariano, rígida, cuajada, insistente como la que suele entablarse con un mozo (“¿mesa para dos?”, “¿la cuenta, por favor?”). Siempre la espera de lo mismo. ¡Ojo!… ella “Prefería dejar las cosas como estaban”. Sin embargo, ¿cuál es ese secreto que esconde el mozo y en el que ella se adivina? Algo cambia, no es mucho, pero algo es algo. A ese cambio casi imperceptible asiste también el poeta del penúltimo relato… ¿A qué ha reducido sus poemas? ¿Ellos también son ahora parte del libreto? Algo de esto vislumbra el protagonista en el balcón donde asoma la luz de la mañana, pues, Ya es mañana; sin embargo, para anunciarla es condición quedar prendido del pasado.

¡Atentos! Porque lo firme puede volverse pantanoso y lo cercano tornarse inalcanzable. En La reina de España,  tiene lugar un reencuentro o, mejor, un desencuentro. Nada hace ni dice ella de lo que él piensa que dirá y hará; y ante el desconcierto él no sabe cómo actuar: “¿Él también debería pararse? ¿Tenía que saludarla, felicitarla?”. La reina del Parque de España, al darle la noticia, instala una segunda piedra fundamental, esa que, contundente, ratifica una nueva reforma. Aunque comparten un mismo espacio, habitan territorios y tiempos diferentes.

Lorenzo, uno de los personajes, y no Pablo Colacrai, es el autor de Los incomprendidos, cuento con el que redime su figura de escritor frustrado y egoísta, cediéndole la voz a su amigo, convertido en narrador y protagonista. El diálogo que ellos mantienen en una milonga está minado de indicios, sugerencias, supuestos e incomprensiones disfrazadas, recursos que colocan al lector frente a algunas elipsis tan tenebrosas como perturbadoras. ¿Habrá un lector capaz de comprender esas complicidades silenciosas? Hay algo turbio y molesto en ese sueño recurrente y en ese pesado soborno que aplasta una inocencia de niña: después, sólo después, de dar el beso exigido en el lugar precisado, entrega el billete que “Ella (…) agarra y (…) hace un bollo. Fuerte, como si quisiera hacerlo desaparecer”. A su vez, el soborno asume la forma de una bicicleta en La vuelta manzana. Dos hermanos, Andrés y Leticia, se prestan, una vez más, al rito conversacional en el que atraen el pasado para reconstruirlo afectivamente. Ellos, de modo lúdico y consabido, ponen en juego la percepción del tiempo y el tiempo de la percepción. Este cuento, signado por lo cíclico,  está repleto de vueltas y regresos: el retorno del pasado, de la infancia, el regreso de Andrés a Rosario, el repetido reencuentro con su hermana y la reiteración de un juego que, en esta ocasión, avanza para detenerse en la vuelta original: “la primera vuelta manzana de mi vida”, dice Andrés. Los retornos se continúan, por otra parte, en El regreso de Coelacanto. El periodista, por motivos laborales (?), regresa al sitio donde se efectuará el regreso de El regreso… Por un lado, la permanencia: todo es igual; por otro, la interferencia: algo es distinto. Resulta que “En realidad, uno no viaja al pasado, es el pasado el que vuelve y siempre vuelve diferente…”. Así, de forma imbricada, se construye este relato: como una mise en abyme, como una historia presente donde se engarza una historia pasada y también una historia futura, aquella que todavía está por escribirse y que, al igual que el cuento que leemos, seleccionará cuidadosamente dónde hará el hueco que alojará lo interesante. ¿Y Guillermo, por su parte, algún día, llenará con palabras el orificio donde se hunde y permanece la historia de su padre? Porque hacer eso Nunca es fácil.

Nadie es tan fuerte ofrece relatos en los que siempre hay algo más, un resto que no se dice, como un misterio que los personajes perciben, como un secreto en el que el lector busca habitar y entrometerse. Las historias son sencillas pero digresivas; explícitas y, a la vez, enigmáticas. Sus personajes sienten culpa, dolor, vergüenza de sí, y atrapados en el tiempo de sí mismos, esperan, se esperanzan, desesperan. Como sea, predomina el tono de una tranquilidad siempre amenazada. Cuentos atractivos y llenos de vueltas, tal como lo anuncia la portada que los cobija para ofrendarlos al lector que, tal vez sin saberlo, los espera ahí, en la esperanza de una escritura tan desafiante como diferente.