LOBO DE MAR, POR TOMÁS SUFOTINSKY

 

Lobo de mar
Olivia Milberg
añosluz editora
Buenos Aires
2019

Ah, no había entonces precaución en el que duerme; durmiendo
pero soñando, pero en la fiebre: cómo se entregaba.
(Rilke, Tercera Elegía de Duino)

Lobo de mar es un poemario de una forma poco usual: podría pensarse que está formado por unos 60 poemas más bien breves, compuestos entre verso y prosa, pero también y por eso me inclino puede leerse todo el libro como un solo texto que se va mostrando como por entradas o notas de un cuaderno. Esos poemas-entradas van construyendo una narración, un relato infantil en la voz de una niña. Pero no se trata de un relato de la infancia ni de un relato para niñxs. Es un relato que evoca o presenta (no representa) la manera en que una niña cuenta su mundo como una forma de aprehenderlo y construirlo. Y el valor que el texto indudablemente posee es el de la apreciación que hace de la manera en que la niña percibe un mundo amplísimo. Amplísimo porque nunca como en la niñez el mundo es tan vasto hacia afuera y hacia adentro, y nunca tan indefinibles los límites entre un lado y el otro. (Ya a Breton, hace casi un siglo, le llamó la atención la importancia que damos a la vigilia al ponerla por sobre el sueño.) 

La manera en que unx niñx de cinco años cualquiera relata para sí o, podríamos decir, testimonia su experiencia de la vida, es ante todo poética. Tiene tanto de la vigilia como del trabajo con que los sueños le susurran historias por la noche desplazan, condensan, etcétera. En Lobo de mar el mundo de esta niña que vive en un pueblito pesquero está cifrado tanto en las personas como en los animales que, en general, aparecen como una ofrenda del mar o de los sueños. Pero no se trata, por eso, de una poesía contemplativa, sino de una poesía más bien activa, que opera sobre ese mundo en tanto es un crear con palabras la manera en que la niña lo percibe. Aquí hay que decir algo más que tiene que ver con el tono: 

… Los lobos marinos mueren en el mar,
las olas los traen a la orilla. Verlos pudrirse
nos da pena o asco. Sombras de empatía, sombras de amor.
La descomposición es una forma de movimiento.
El águila embalsamada en la cantina
se nos aparece, en pesadillas, como un monstruo.

Se trata de la creación de un mundo (¿qué otra cosa es, acaso, la infancia?) o, más bien, la manifestación de la creación del mundo, el relato del abrírsele el mundo a la niña que lo vive. El libro tiene, en toda su primera mitad, ese tono y ese tiempo presente del relato cosmogónico:

Iemanjá nos besa con saliva encendida de sales.
Para merecer su fauna y su flora le ofrendamos
collares y anillos, tabaco, chocolate, caña, barba de piedra.

Iemanjá, nombrada apenas dos veces, es, sin embargo, una figura central que condensa varias cosas: indudablemente figuración del mar, hija de Olokun, diosx andróginx del mar tempestuoso, a ella se le hacen ofrendas para tener buena pesca; pero Iemanjá es, a la vez que hija, madre de todos los Orishás, del pueblo y de los peces. Esta figura que es hija y madre, dadora de vida, así como también privadora de ella, condensa las intuiciones e investigaciones que la niña va haciendo sobre el mundo. Los poemas son, en este momento del libro, un nombrar que repite el mundo para que quede aprehendido, es decir, una creación:

La sal sabe cuando nutrir y cuando quemar, escuché. Y repetí en voz baja: La sal sabe cuando nutrir y cuando quemar.

Pero la amenaza de la destrucción, del aprendizaje de la destrucción es algo latente:

Todas las noches sueño lo mismo,
estoy con mamá y papá en la plaza,
se acerca un gato naranja y dice: Están en peligro.
Cuando intento avisarles a mamá y papá que nos tenemos que ir
de mi boca salen maullidos.

La animalidad es una forma de la vida capital para la niña; los animales vienen, dijimos, de los sueños y del mar como un reflejo de la vida infantil (Me acerco al lobo de mar, a su piel de espejo). La vida les es dada por una madre creadora, a veces simplemente madre, a veces mar, gracias a ritos de ofrenda o a hechos mágicos y misteriosos. Y, a la vez, sus cuerpos conocen el cambio y sospechan la posibilidad de la muerte: La descomposición es una forma de movimiento. La identificación de la niña con el lobo de mar, como animal totémico que rige desde el título, se opera en la frontera entre el interior y el exterior: 

Trepo y salto las piedras mirándolo a los ojos,
negros iluminados como la luna nueva.
En un punto me detengo muerta de miedo:
el impulso no es hacia delante, es hacia adentro.

Ese mar que es como una diosa madre, creadora y nutricia, dicta el tono del relato infantil, en el que se condensan tanto estas facultades “bondadosas” como también las destructoras. Como manifestación de la naturaleza, el mar parece estar un grado más arriba o más diferenciado del “animal” con el que la niña aún puede identificarse,  y contiene esa ominosa posibilidad de ser bondadoso y destructor; es una bestia:

Estoy acostada en la orilla, donde la bestia
puede alcanzarme con sus lenguas, 

El tono del relato que los poemas engarzan tiene esa dimensión de tierna inocencia a la vez que de inocencia ominosa; percibe prácticamente con la misma actitud el simple juego y las experiencias más complejas que solo pueden cifrarse en el poema:

El agua parece más tibia que antes, su corazón
se metió en mi cuerpo.

Los ritos son algo capital en Lobo de mar: los hay de protección en las brujitas, esos peces que tienen forma casi humana, cara de vieja flaca, a los que las mujeres les pintan los labios de rojo y las cuelgan en las puertas de las casas para protección, como las abuelas que curan con sus métodos mágicos, y los hay también de crecimiento. Estos últimos sean tal vez los más importantes del libro, por la densidad poética que tienen y porque operan un cambio en la forma de narrar: la crecida del mar-bestia que se come los ranchos, la ida de papá y la transformación de la niña en un conejo que era antes una vela, la cual velaba su sueño, pero que ahora adquiere vida en la ensoñación afiebrada (aquí acuden las palabras iniciales de Rilke). Se ingresa en una dimensión de los misterios (la madrugada me pareció un secreto), el conejo escapa al mar y se pierde entre las olas y el mar lo devuelve como el cadáver de un lobo: Pisé la arena mojada, dejé que la bestia me acariciara los pies. Tenía el lomo plateado, llevaba en brazos un cachorro muerto de lobo de mar. Esa experiencia de la naturaleza destructora opera un cambio en la niña que pare el mundo, y su propia creación parece identificarla ahora con esa bestia cuyo corazón se había metido en su cuerpo:

Las náuseas eran una caricia, me adormecían. Hasta que la lengua quedó dura y se hundió mi panza hinchada. Me asomó por la boca un tentáculo. Brotó de mí mucha agua.
……. 
Parí tres pulpos rosados. Me acosté con ellos. La bestia nos lamió hasta limpiarnos por completo, tomó a los recién nacidos y se los llevó.

Un rito de pasaje de la infancia y del relato que deja ese presente creador de la palabra y da lugar a un pretérito que ya narra una experiencia vivida, una voz que surge como propia, como límite de la niña, y no ya como un fiat lux:

Y abrí la boca para conocerme la voz. 

A veces, cuando termino un libro, me pregunto e intento responder cuál es su tema, es decir, de qué habla o qué tematiza, si es que fuera posible preguntarse semejante cosa. En general, la respuesta a esa pregunta suele ser bastante reduccionista e ir en contra del texto. Uno podría pensar que Lobo de mar es un libro sobre la infancia y, en cierto sentido, no estaría errado. Pero, indudablemente, esta respuesta se quedaría corta. Si arriesgara ir un poco más allá en pensar una respuesta a esa pregunta que se va volviendo más absurda, diría: es un libro que busca crear el relato infantil. Pero, como fue dicho al principio, su indudable valor descansa en la elevación que hace de este relato y cómo encuentra en la poeticidad que despliega los medios para construir un texto que esté a la altura de esa creatividad, ya para nosotrxs insospechada.

 

julio 2020 | Revista El Cocodrilo