UCRONÍA, DISTOPÍA E IDIOZIA, POR HERNÁN RUIZ

 

Al oeste de Jericó
Marcelo Britos
Editorial Homo Sapiens
2016

Con esa descuidada indiferencia con la que generalmente naturalizamos algunos matices de lo que falsamente sentimos lejano, los cuatrocientos o quinientos lectores que hay hoy en Rosario ya aceptaron sin cuestionamientos que a cada nueva publicación de Marcelo Britos la acompañará fatídicamente algún tipo de polémica, anécdota o berretín  de campo. Así, cuando alguien nos intenta sorprender con la novedad de que asistió a la última presentación de Britos, antes de averiguar si el texto está a la altura de lo que viene proponiendo, todos le escupimos el reclamo urgente del relato sobre lo sucedido en escena.

Hay siempre algo de teatral y poético en sus lanzamientos; el episodio más recordado sigue siendo el de la noche de “Los Dogos”, primer libro de cuentos. Es sabido que durante su breve y tortuoso exilio rosarino, el monstruoso Mario Trejo, tras maltratar hasta la desesperación a una veintena de sensibles talleristas, propició la edición de esa primera antología del escritor aún desconocido, la cual exigió incluso prologar. La repetida promesa de la presencia del Poeta en el evento había logrado triplicar la cantidad habitual de concurrentes, el auditorio había pasado de los doce estimados a casi treinta y seis. Pero esa noche algo ocurrió y a Trejo no se lo veía entre los presentadores. Cuando ya casi todos se disponían a diluir su desilusión en la esperanza de una exposición breve por parte de Britos, Trejo irrumpió entre el público y festivamente desnudo procedió a dar la bendición iniciática a su discípulo al grito de “A la crueldad tersa de esos cuentos vengo a oponer esta generosidad rugosa”. Esa noche la editorial logró vender nueve libros, Trejo y Britos terminaron en la comisaría barrial y no sobró ni un sólo sándwich de miga.

Menos conocido es el incidente de Italia. Al promediar la presentación en Milán de la lograda traducción de “A dónde van los caballos cuando mueren”, novela neoépica sobre la Guerra del Paraguay, ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz otorgado por el estado mexicano, uno de los presentes intervino entre sollozos para increparlo furiosamente: “¿Cómo es posible, Britos?”, reclamaba el lector herido que se presentó como descendiente directo de un sobreviviente de aquel genocidio. “¿Cómo es posible, kurepi, contar la guerra desde el punto de vista de un desertor, de un traidor?” El lagrimeo in crescendo sumaba acusaciones demoledoras en español, italiano y guaraní: “¡Elípticocursi, perverso, auratizador, caballero de la fe absurda!”. El plagueo del patriotero descampado imponía al encuentro su ritmo impostado. Casi al mismo tiempo, un tono más genuino se superpuso y empezó a desviar esa composición improvisada; los asistentes a la charla abierta habían empezado gradualmente, con paso ruidoso y atolondrado, a acercarse a la caja de la librería para comprar una y hasta dos copias de la novela. Sospechaban que el libro podría agotarse mucho antes que la energía del denunciante. Ya cansado, con un tono más cercano a la profecía que a la amenaza, cerró su intervención: “¡Sabemos bien, kurepi, qué hubieran hecho Lenin y Trotsky con un desertor, y probablemente contigo, con tu prologuista y con el mismísimo Toni Negri!”. Esa noche se vendieron los 62 ejemplares en stock y Wikipedia registró su máxima histórica de ingresos en la voz Kurepi.

Pero todo esto ya es viejo y encuentra seguramente su mejor perfil en las coloridas versiones que circulan por los rincones de Humanidades, sus cafés anexos, los videoclubs de calle Entre Ríos, la empinada escalera de Beatriz Viterbo y la calurosa terraza de Eterna Cadencia. Lo nuevo es la discusión aún abierta y propiciada a partir de la edición de su última obra, Al oeste de Jericó. Como ya se encargaron de advertirnos los ochocientos o mil reseñistas de la ciudad, Britos sorprende al componer una ficción anclada en un futuro cercano en la cual traslada a sus personajes por Roma, Budapest, Córdoba y Rosario con el misma vértigo con el cual se mueve entre géneros reconocibles como la novela de espionaje, el policial o el poema épico.

Se necesitó muy poco para que a esas primeras experiencias de lectura que empezaron a asomarse en algún suplemento cultural, portal local o blog de campo, ricas por su aire desorientado, por su tono de ensayo y manoteo ciego, las sucedieran otras más pobres, con horizontes de análisis diluidos en esa nauseante masa líquida que es en general cualquier problemática asentada en la cuestión de la contaminación de los géneros literarios. Ya se dijo hasta el hartazgo que la contaminación no es una elección sino algo ya dado, un ambiente extendido en el que todos nos movemos. Todos los géneros son híbridos y sucios, dejemos los pleonasmos y las simulaciones interpretativas a los agentes de viajes y a los vendedores de boinas; las malas críticas de las premisas del discurso son casi tan dañinas como los accidentes aéreos o el resfrío de un pelado a la intemperie. En todo caso festejaremos a Britos en este sentido el día que nos presente su gran obra pura, incontaminada, pero lo creemos más cerca del riesgo que de la ingenuidad.

Dedicarse a rastrear e identificar con espíritu de coleccionista aquellos momentos en los que el rasgo genérico aparece, es casi tan inútil como el uso abusivo de categorías consolidadas. Lo que en cambio podría resultar menos banal es indagar en las dos argumentaciones contrapuestas que establecen posiciones bien delineadas frente a la obra, la de los dos grupos de estudios actuales que se disputan con ferocidad la hegemonía en el campo de la literatura de ciencia ficción rosarina. Por un lado, la crítica de autor sci, la más legitimada ya que logró montar un andamiaje teórico que los posicionó como los “dueños” de dicha literatura y, por otro, la que se asienta en la Peña de lectores de fantasías futuristas con sede en el Club Horizonte de calle Suipacha. Los primeros sostienen que “Al Oeste de Jericó” es una distopía, los otros entienden que el autor de “Empalme” estructuró una ucronía.

La tensión y el rencor acumulado entre estos dos grupos durante los últimos tres meses fueron sólidos y proyectan resonancias lejanas, se supo que al menos tres distópicos y dos ucrónicos contestaron entusiastas la llamada curiosa de una pasante del suplemento cultural de La Nación (si bien esto último resulta verosímil, nada pudo comprobarse todavía, no hubo hasta ahora mención alguna sobre la controvertida polémica en el suplemento del diario porteño. El nombre de la pasante tampoco es definitivo, podría ser Cletis, Clara o Clota Best).

Simplificada a machetazos, la definición de distopía más extendida entre ambas facciones la describe como una representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas, causantes de alienación moral y otros males terribles. Los ejemplos recurrentes son “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley y “Fahrenheit 451” de Bradbury. Su reverso es la utopía, el lugar deseado frente al lugar temido.

La ucronía, por su parte, nace necesariamente de una proposición condicional contrafáctica, del interrogante clásico “¿qué habría sucedido si…?” ¿Qué habría pasado si el cáncer lo hubiese padecido Perón y no Evita? ¿Cómo sería hoy el mundo si Trotsky hubiese ajusticiado a Stalin y tomado el poder? ¿Nuestra literatura se parecería en algo a la actual si Rubén Darío hubiese nacido en Estocolmo? La novela “El hombre en el castillo” (1963) de Philip K. Dick es una ucronía que se desarrolla en las últimas décadas del siglo XX, en un continuum temporal en el que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. El reverso de la ucronía no es otro género, es la Realidad.

Nada importa en qué anaquel genérico debo indicarle a mi tía Diana que ubique “Al oeste de Jericó”, resulta más estimulante especular con ella sobre las posibilidades que estos dos abordajes habilitan.

Si siguiéramos lo propuesto por los sci en su interpretación distópica, deberíamos leer Jericó en la siguiente clave: una crónica sombría escrita en el año 2022 sobre el devenir de las tensiones sociales y la consecuente masacre fratricida que vivirá la Argentina, y particularmente Rosario, a partir de la retirada definitiva del Estado. El lugar temido. No hay ucronía, atacan los sci, sin un acontecimiento del pasado extensamente conocido que varíe y permita la especulación ficcional sobre el curso alternativo de la historia. Ese evento compartido que separa la Historia de la materia ucrónica se llama punto Jonbar. Sin pasado compartido, no hay Realidad a la cual contraponer la ficción. Sin punto Jonbar no hay ucronía.

A los de Horizonte todo esto no los deja indiferentes, y esmerándose por evitar el ridículo con cierta efectividad, se obstinan en explicar con pausado y elegante detalle que en ningún lado está escrito que el punto Jonbar tenga que posicionarse en el pasado, que justamente el atractivo de la propuesta de Britos es que ubica el Jonbar en un futuro cercano, fácilmente reconocible para un contemporáneo como posibilidad latente. En el caso de Jericó, el evento no es otro que la violenta incursión de las derechas latinoamericanas y su definitiva consolidación en la región. Se le otorga así al Jonbar una nueva dimensión, no se hacen hipótesis contra-situacionales sobre cómo se hubiera presentado el mundo tras una bifurcación del tiempo, sino que se reflexiona sobre la posibilidad misma de una bifurcación de este tipo, centrando el eje narrativo en un momento preciso en el cual simultáneamente se presentan unas pocas alternativas para la Historia. Es por esto, concluyen, que si bien tanto la perspectiva distópica como la diacrónica permiten una interpretación alegórica y el disfrute estético de los juegos de la imaginación, sólo la ucrónica problematiza el pacto de lectura que aceptaríamos por defecto.

Frente a la objeción repetida de que no hay desarrollo alternativo de la Historia si todavía no se ha vivido en absoluto el momento histórico referido, la Peña responde que es tan sólo cuestión de tiempo para que lo narrado termine por bifurcarse de la Realidad y finalmente logre contrastarse. La única excepción posible a esta fatalidad podría ser que los acontecimientos históricos realmente se terminaran dando tal como fueron narrados por Britos. Sería ese el único caso en el cual la Peña aceptaría con desconsolada resignación que Jericó no se trata efectivamente de una ucronía, sino tan sólo de una vulgar profecía . –

Supimos hace poco por Ramiro González, vecino de la Vigil y lector escrupuloso de Pavese, que en la literatura italiana reciente también pueden encontrarse casos raros, pero no tanto como para pasar desapercibidos, de ucronías potenciales. “El lector”, nos señaló González desde la platea este inferior del estadio Marcelo Bielsa, “debe tener la impresión de que a cada instante muchas cosas pueden suceder, olvidar que el fin es conocido o, en todo caso, ver el continuum con nuevos ojos. Lo que les importa es direccionar la tensión hacia esos momentos en los cuales muchos desarrollos eran posibles y la Historia habría podido embocar otras direcciones. Leete la novela Medium de Giuseppe Genna o Manituana de Wu Ming, arriesgan menos que Britos pero la apuesta va por ahí”.