LAS CHICAS POCO POPULARES, DE MARGARET ATWOOD

FOTO Gabriel Lovera

Traducción de Ariadna Martín

1.

A todos les llega su turno, y ahora es el mío. O eso nos decían en el jardín de infantes. En realidad, no es verdad. Algunos tienen más turnos que otros, y nunca ha sido mi turno, ¡ni una vez! Apenas si sé decir yo o mío; he sido ella y aquella, tantas veces.

Ni siquiera me dieron un nombre; yo era simplemente la hermanastra fea, con énfasis en fea. Aquella a quien las otras madres miraban, luego desviaban sus ojos y movían la cabeza gentilmente. Bajaban la voz o callaban cuando entraba al cuarto, con mi bonito vestido, mi rostro pesado y el ceño fruncido. Trataban de pensar en algo que decir para aplacar la situación: bueno, seguramente es muy fuerte; pero sabían que era inútil. Yo también.

¿Piensan que no odiaba su lástima, su amabilidad forzada? Y el saber que no importaba lo que hiciera, qué tan virtuosa fuese, o trabajadora, nunca sería hermosa. No como ella, quien solo tenía que quedarse sentada para que la adoraran. ¿Se preguntan por qué clavé alfileres en los ojos azules de mis muñecas y arranqué sus cabellos hasta que quedaron calvas? La vida no es justa. ¿Por qué debería serlo yo?

En cuanto al príncipe, ¿piensan que no lo amaba? Lo amaba más que ella. Lo amaba más que a nada. Lo suficiente como para cortarme el pie. Lo suficiente como para asesinar a alguien. Por supuesto que me disfracé con gruesos velos para ocupar su lugar en el altar. Claro que la empujé por la ventana y me tapé la cabeza con las sábanas y pretendí ser ella. ¿Quién no lo habría hecho, en mi lugar?

Pero todo lo que obtuve por mi amor fue un mal final. Zapatos ardientes, barriles tachonados de clavos. Así es cómo se siente, el amor no correspondido.

Ella tuvo un bebé, además. A mí nunca me lo permitieron.

Todo lo que siempre has querido, yo lo quise también.

 

2.

Una difamación, eso es lo que estoy pensando. Pongan un final a este disparate. Solo porque soy vieja y vivo sola y no puedo ver muy bien, me acusan de toda clase de cosas. Cocinar niños y comerlos, bueno, ¿se lo imaginan? Una fantasía, e incluso si comí algunos, ¿de quién es la culpa? Esos niños fueron abandonados en el bosque por sus padres, con la única intención de que murieran. No desperdiciar si nadie lo va a  extrañar, siempre ha sido mi lema.

De todas formas, como yo lo veo, eran una ofrenda. Solían darme adultos, hombres y mujeres, llenos de manjares de estación y entregados en la época de la siembra y de la cosecha. Tal vez el simbolismo era un poco crudo, y los eventos en sí eran (algunos dirían) de mal gusto, pero los corazones de la gente estaban en el lugar correcto. A cambio, yo hacía que las cosas germinaran y brotaran y crecieran y maduraran.

Luego me alejaron, me ocultaron en el ático, encogida y reseca y cubierta de trapos polvorientos. ¡Cielos, yo solía tener pechos! No solo dos. Montones. ¿Alguna vez se preguntaron por qué la tercera teta era la prueba esencial para mujeres como yo?

¿O por qué tan a menudo me muestran en un jardín? Un jardín maravilloso, en el que crecen cosas para hacérsele a uno agua a la boca. Moras.  Repollos mágicos. Rapunzel, sea lo que sea eso. Y todas esas mujeres embarazadas tratando de trepar por la pared, a la luz de la luna, para comer mi fecundidad, sin dar nada a cambio. Robar, lo llamarían, si acaso tienen la mente abierta.

Así no eran las reglas en los viejos tiempos. La vida era un regalo en ese entonces, no algo que se arrebatara. Era mi regalo. En tierra y mar lo otorgaba, y la gente me daba las gracias.

3.

Es verdad, nunca hay padrastros malvados. Solo un puñado de viudos cobardes, que me dejan salirme con la mía en cuanto a sus hijas. ¿Dónde están cuando esclavizo a esas chicas en la cocina, o cuando las envío a meterse en una tormenta de nieve con sus vestidos de papel? Trabajando horas extras en la oficina. Lavándose las manos. ¡Hombres! Pero si piensan que ellos no se dan cuenta de nada, están locos.

La cosa con esas niñas buenas es que, son tan buenas. Obedientes y pasivas. Lloronas, agregaría. Nada de empuje o ambición. ¿Qué sería de ellas si no fuera por mí? Nada, eso serían. Todo lo que harían en sus vidas sería encargarse de los quehaceres del hogar, los cuales parecen ser una característica esencial de estas historias. Se casarían con algún campesino, tendrían diecisiete hijos, y obtendrían un “amada esposa” gravado en sus lápidas, como mucho. Gran cosa.

Yo provoco las cosas, hago que comience la acción. “Ve a jugar en medio del tráfico,” les digo. “Ponte este vestido de papel y ve a buscar frutillas en la nieve.” Es perverso, pero funciona. Todo lo que tienen que hacer es sonreír y saludar y hacer algunos quehaceres más para algunos gnomos o damas amables o quien sea, y bingo, se quedan con el hijo del rey y el palacio, y no más platos que lavar. Mientras que todo lo que yo recibo es la culpa.

Dios sabe todo sobre esto. No hay Diablo, no hay Caída, no hay Redención. Matemática de segundo grado.

Pueden limpiarse los pies sobre mí, distorsionar mis razones todo lo que quieran, pueden arrojarme piedras a la cabeza y ahogarme en el río, pero no pueden sacarme de la historia. Yo soy la trama, queridos míos, y nunca lo olviden.

(actualización noviembre 2017 | El Cocodrilo 4)

 

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