los verdaderos poemas huyen
Emily Dickinson
Si bien la corrección es la continuación de la escritura por otros medios (Pauls), su prolongación, Valéry insistía en que los poemas nunca se terminan de escribir, que a lo sumo se abandonan. La sensación predominante es que indefinidamente se podría seguir manipulando el cuerpo abierto del poema: retocando y sobreescribiendo, desplazando la coma, limando una letra, borroneando palabras, maniatando algún adjetivo presuntuoso o simplemente aligerando el peso umbrío de la frase. La tarea es ilimitada, virtualmente infinita. No hay signo en la línea del tiempo ni en los atributos del texto en cuestión que permitan hacernos una idea de cuánto más queda por seguir, de la distancia a la victoria, a la obra acabada, empaquetada. La meta es cosa ilusoria: la convicción no llega por ninguna fuente confiable. Algunos hablan de intuición, de hormigas dibujando un cosquilleo en la piel, de corrientes frías atravesando la espalda. Los más dialoguistas recomiendan la ética del consenso, las segundas y terceras opiniones, la interconsulta con especialistas de tradiciones diversas. También la escucha atenta es una de las tácticas más comunes, que a sabiendas o no, se remonta hasta Sócrates y Platón, defensores de la voz (foné) y desconfiados naturales de la escritura (grafía). Creo que hay algo de indicio en la escucha a viva voz de un texto, algo de su verdad que se desnuda, limpiamente, y queda expuesta. Será por eso que me pasé media adolescencia reventando la memoria de esos teléfonos monofónicos con notas de voz para decidir en qué momento soltar un texto y dejarlo ir.
De todas formas, si se trata de abandonar textos, de darlos por terminados, no hay instancia más decisiva que el fijarlos en papel. Encerrar un conjunto móvil de palabras en el mausoleo de un libro es como conducir seres vivos a través del túnel geológico de los milenios hasta volverlos posteridad y fósil. Garantías no hay. Pero sí que los distintos mecanismos de testeo llevan, por un camino u otro, a salir de ese “falso original” que es la pantalla, a percibir en la piel, a conversar, a escuchar, a imprimir y, sobre todo, a publicar. Por supuesto que hay excepciones, muchas, pero el salto definitivo que se da del borrador digital al libro impreso sigue siendo la forma más contundente de “abandonar” un texto, de soltarlo a las derivas del papel y dejarlo ir. Sólo así podremos todos fingir que el trabajo está cumplido y el texto terminado.
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Juan Papasidero nació en Lomas de Zamora en 1995. Es escritor y profesor de filosofía. A la fecha ha publicado tres libros de poesía: (la)poieticosa (Editorial Lisboa, 2019), Profanum vulgus (Clara Beter Ediciones, 2021) y Lapsus linguæ (Halley Ediciones, 2025). Una lengua demencial (Las Furias Editora, 2025) es su primera novela publicada.
abril 2026 | Revista El Cocodrilo
