ABELARDO CASTILLO. IN MEMORIAM 

Por M. Nieves Battistoni

 

Tengo su letra en mi cuaderno. Son palabras sueltas. Descifro la última: “Matilde”. Debe ser el personaje de un cuento de algún compañerx del taller. Estábamos escuchándolo leer y Abelardo, de pronto, me agarró el cuaderno y la birome e hizo unas anotaciones apuradas, que son éstas. En general, me sentaba cerca suyo. Él, en la cabecera; yo, al costado izquierdo.

No sabía cómo dar con su taller literario hasta que, ganada por el sentido común, se me ocurrió buscar en la guía telefónica de la Capital Federal. Ahí estaba. Como quien planta indicios en sus cuentos, ahí estaba. Lo llamé, pensé improbable que me atendiera. Dijo “Hola” con voz venida de las profundidades. Me presenté, pero no me acuerdo bien qué le dije de mí. Sí que quería ir a su taller. Me dijo que en Rosario había muchos. Insistí. Me dijo que para qué me iba a tomar el trabajo de ir hasta allá. Insistí: “Hay muchos pero yo quiero ir con vos”. Era la primera vez que hablaba y lo tuteé. Fui insolente y caprichosa, sin querer. Se rio breve y me aceptó. Vivía a dos cuadras de donde yo paraba en ese momento. Fue en el 2009.

La escalera de mármol blanca, la guarda con motivos griegos, los ventanales de madera a la calle Hipólito Yrigoyen, el sillón Chesterfield marrón, el baúl con pilas de libros y revistas, el tablero de ajedrez de madera, el estudio oscuro, la máquina de escribir, el soporte para leer libros, la cocina, el estudio de Sylvia al lado de la cocina, mucho más diáfano. Borges, Durrell, Neruda, Tolstoi, Proust, Poe, Dostoievski, Sartre, Rilke y también Paola Kaufmann. El jean celeste claro, los horarios nocturnos, la nariz reconstruida, la juventud.

Mi preferido no es su mejor cuento. Se llama “Capítulo para Laucha” y me lo acuerdo como si hubiese sido una convidada más en esa ronda de mates que doña Isabel cebaba para Laucha, Fosforito y Abelardo. A lo mejor, alguna vez me prefiguré un destino parecido al de Laucha, o era el que más temía, no sé, pero para una “lectora de intensidades” que olvida nombres y argumentos, recordar íntegro “Capítulo para Laucha” es saber que es su cuento preferido.

Me enseñó cómo ser realista en un cuento, cómo ser cruel en un cuento de amor (que es lo mismo que ser cruel en el amor), cómo escuchar un cuento.

Abelardo, todavía no escribí mi cuento realista y esto va a destiempo. Como cuando vos visitaste a Laura y ella ya había elegido a Oscar y te diste cuenta que hay cosas que nunca debieran escribirse.