EL POLICIAL MÁGICO

Por Lucas Collosa

El Santo de Saco Viejo
Pablo Bigliardi
Último Recurso
2015, 2016 (2da edición)
256 páginas

 El Santo de Saco Viejo es la segunda novela del autor rionegrino Pablo Bigliardi, que vive en Rosario desde 1991. Publicada a fines del año pasado por la editorial Último Recurso, llega a los lectores dos años después de Determinación (El Ombú Bonsai), relato de unas 400 páginas que narra la odisea de un aspirante naval en la Escuela de Mecánica de la Armada, durante los primeros años de la democracia.

El relato, que transcurre en Saco Viejo, un pequeño pueblo cercano a Las Grutas, sumerge al lector en la investigación del detective Trayen-Niyeo quien, tras los pasos de un sanador tehuelche, revela la idiosincrasia y los modos de vida de los habitantes de este pequeño paraje ambientado en la zona de San Antonio Oeste (Río Negro), donde Bigliardi nació en 1968 y al que remite también en su primera novela, Determinación.

En su afán por encontrar al curandero Llanqueleo, que ha desaparecido y es investigado por ejercer prácticas contrarias a la medicina, por estafa, y sospechado de robar una cruz de oro, reliquia que había sido propiedad de Ceferino Namuncurá, el detective padece continuamente la incompetencia propia y de sus compañeros en el departamento de policía y en su afán de dar con él, nos presenta uno a uno a los personajes que visitaron al curandero.

Bigliardi construye su novela combinando el género policial con un realismo mágico en el que se suceden apariciones reveladoras que remiten a la cosmovisión tehuelche. Para esto, el escritor realizó varios viajes a su ciudad natal y realizó una investigación de la lengua tehuelche (al final de la novela hay un pequeño glosario de las palabras tehuelches que aparecen en la novela) e histórica de la zona de San Antonio Oeste. Entre visiones de ensueño e interrogatorios, se revela una trama polifónica en la que los interrogatorios de Trayen-Niyeo, las transcripciones de los informes policiales, el suceso del robo de la reliquia de Ceferino Namuncurá y la búsqueda de Llanqueleo, despabilan la monotonía de un pueblo habitado, como tantos otros pueblos patagónicos, por migrantes de diversos puntos del país y por descendientes de comunidades originarias, quienes relatan uno a uno sus pareceres sobre el caso y añaden a la trama una multiplicidad de voces en diálogos cargados de sentido del humor, exageraciones y extravagancias.

Así, capítulo tras capítulo, titulados con el nombre tehuelche de los personajes que dialogan con el detective, se construye la historia de Saco Viejo y las vicisitudes de sus residentes, que se ven envueltos en la trama policial, sumadas las apariciones fantasmáticas de Bai, el abuelo de Trayen-Niyeo, en sueños (bai significa abuelo en voz tehuelche), y que funcionan dentro de la trama como pasajes surreales en los que se mezclan las visiones con recuerdos de infancia del detective.

En El Santo de Saco Viejo, la escritura de Bigliardi evoca recursos de autores de la literatura policial norteamericana como Hammett, quien presenta a los investigadores como personajes principales que llevan la trama resolviendo los casos que se les presentan no a partir de la lógica y el raciocinio sino interviniendo directamente en el caso, mezclándose con los personajes que investigan, y ocupando sus horas entre el bar y los interrogatorios, en pequeños parajes aparentemente apacibles que se ven alborotados y revelan sus rutinas secretas a partir de un sobresalto en la falsa monotonía en que transcurren. Aquí, el detective Trayen-Niyeo, como los clásicos detectives de la novela negra, también parece tener un solo amigo: el tendero.

Pero en la novela de Bigliardi a estas alusiones al género policial, de carácter naturalista con uso del registro coloquial informal, se suman, como dijimos, elementos del realismo mágico latinoamericano en el que lo cotidiano se mezcla con lo fantástico como parte de la normalidad, y lo sensorial también se presenta como elemento recurrente de estas apariciones. Bigliardi relata así una de las manifestaciones (en los sueños de Trayen-Niyeo), de Bai: “Se ubicaba en el fondo del patio, debajo del eucalipto viejo en donde había una mesa y cuatro sillas plegables de chapa, una para él, otra para mí y las restantes quedaban plegadas como esperando alguna visita. Desde ahí me miraba fijo como acusándome, señalando directo con el dedo índice que llegaría un santo para instruirme mientras una calandria revoloteaba sobre nosotros y de su canto trinado se podían descubrir algunas palabras. […] El aire ensordecía del sopor de las jarillas y el calor parecía sostener cada cosa que intentara moverse. Las hojas del eucalipto que quisieran caer, quedaban sostenidas en el aire cuando hablaba con palabras que retumbaban por todo el patio junto a los trinos de la calandria”. Estos sueños pronto se convierten para el detective en parte importante de la investigación, aportando símbolos a descifrar que lo llevarán tras la pista de Llanqueleo.

De esta manera, a partir de esta irrupción del realismo mágico, Bigliardi introduce otro elemento de ruptura con la literatura clásica policial y de detectives diferente a la de la novela policial norteamericana de Hammett. La razón deductiva y la lógica del Sherlock Holmes, que, como personaje de la época, representaba las ideas de sus contemporáneos modernos (como el utilitarismo de John Stuat Mill, el cientificismo, la exaltación de la racionalidad instrumental), son contrapuestas en la novela con esa serie de apariciones chamánicas a las que el detective accede y le son otorgadas como pistas a descifrar. Aquí no se enfrentan dos mundos, dos cosmovisiones en la pugna entre Llanqueleo y el detective que sigue sus pasos, sino que el último se ve envuelto en el mundo del primero y es en esta anulación de la figura del héroe y su némesis como elementos absolutamente contrapuestos donde reside la construcción argumental del relato: “¿Y yo por qué era que lo buscaba al fin? ¿Lo estaba buscando por nada? O qué motivo me impulsaba para buscar esta cosa inhallable […] ¿Y él por qué decía lo que yo pensaba? Como escucharme a mí mismo, como pensar qué estaba buscando o a quién”.